Cuando se habla de megadiversidad colombiana, lo primero que imaginamos es el sinnúmero de árboles que constituyen los bosques amazónicos y chocoanos; las más de 1.900 especies de aves que inundad de colores los cielos; las más de 4.200 especies de orquídeas que adornan las montañas; las más de 850 especies de ranas que alegran con sus croar las noches lluviosas, o las más 2.450 especies de peces que dan vida a mares y ríos.

En general, se piensa en todo aquello que se ve sobre la superficie de los ecosistemas terrestres o marinos del país. Sin embargo, existe un mundo oculto lleno de color y formas únicas bajo las cordilleras y montañas.Un mundo dominado por rocas sedimentarias e ígneas, que albergan las formas de vida menos conocidas, y tal vez, una de las más amenazadas. Esta es la vida cavernícola de los sistemas subterráneos de Colombia.

La espeleología es la disciplina que estudia las cavidades subterráneas. A pesar de ser una de las pocas disciplinas donde convergen diferentes ciencias es una de las áreas menos estudiadas y más abandonadas por los colombianos.

La diversidad de sus ambientes litológicos, la riqueza y perfección de sus geoformas, la imponencia de sus cavidades, y huella indeleble de las culturas prehispánicas en las cavernas como sitios sagrados, o de importancia en su vida cotidiana, han hecho que los sistemas subterráneos en Santander, Tolima, Antioquia y Huila, hayan sido objeto de las principales expediciones geológicas y arqueológicas del país.

Dichas expediciones buscaron documentar los rastros de las culturas del pasado, los salones galerías y cauces subterráneos, así como los colosales y diversos espeleotemas que enriquecen y adornan estos ambientes.

Pese a eso, estos sistemas cársticos (relieves) también han sido objeto de intensas exploraciones por deportistas y aventureros, así como por guaqueros profesionales que se sumergieron en la antípoda colombiana en búsqueda de hallazgos arqueológicos, tesoros y fama.